Historias en todas partes: Historias y reflexiones

Puede que haya varias historias entre lo que he contado, y también algunos puntos que se prestan a una reflexión. El que la primera voz que escucho cada mañana sea la de una máquina; el discurso transmedia entre producto-para-televisión-y-twitter y libro-google-wikipedia; el deporte y las clases de inglés manejadas con una app; el hipertexto y el multitask que desembocan en una hora menos de sueño. Pero, de ellas, he elegido estas.


La sonrisa, o el wasap de mi amigo

En primer lugar, me ha sorprendido escribir algo que hago casi inconscientemente: intentar deducir la prioridad de las comunicaciones de cada persona de mi entorno a partir de x pautas. Por el contrario, un audio de mi hermana me habría preocupado tanto como un mensaje corto de Javi. Pero también creo que hay algo que contar en lo que decían esos audios. Narraban una experiencia que acababa de sucederle: va a hacerse un análisis de sangre, y al salir ve que la asistente de enfermería le ha dibujado una sonrisa =) en la cinta adhesiva. Instantáneamente piensa que ha ligado, y duda incluso si entrar a hablar con la chica. En el tercer audio, reflexiona sobre si no será más que un agradecimiento por haberla ayudado a recoger unas gomas del suelo. En el quinto, se pregunta si no será más la pequeña vía de escape de una profesional que pertenece a un sector que lleva ocho meses al límite (Sacristán y Millán, 2020; y Colegio de Médicos de Granada, 2020). Un pequeño gesto ante un paciente que ha esperado, ha sido amable y te ha sonreído. Esta historia sencilla y las reflexiones que la acompañan me parecen una muestra de cómo la impresión inmediata, el drama y la emoción de la anécdota casi chistosa, deriva en una profundización, en un espacio común que visibiliza una realidad sanitaria y profesional. Quizá, en otro contexto, mi amigo jamás habría pasado del audio número cuatro.


El aprendiz, o el candidato descartado

El Times es la newsletter en español de The New York Times. Un producto que presenta una pieza exclusiva, no presente en la web del diario, en la que hila las principales noticias del día en un relato rápido para, a continuación, mostrar el resto de noticias en formato de newsletter tradicional. Puede que una de esas formas de hacer periodismo aprovechando las nuevas herramientas (Gayà y Vidal, s.f.). Este 10 de noviembre, la pieza hablaba sobre el Donald Trump post elecciones, repasando los resultados, el futuro empresarial y político del todavía presidente, y los retos de su sucesor, Joe Biden. Todo ello haciendo un paralelismo con El aprendiz (The apprentice, NBC, 2004-2012), el reality show presentado por el mismo Donald Trump para encontrar promesas empresariales y según cuya mecánica, como relata El Times, los perdedores eran descartados como candidatos a un empleo. En este caso, como candidatos al empleo de Presidente de los Estados Unidos de América. El propio Donald Trump ha sido uno de los paladines de la posverdad, del agitamiento emocional desde la política (Urmeneta, como se cita en Gayà y Vidal, s.f.) y de la espectacularización de acciones y mensajes, algo que El Times aprovecha, no sin cierto toque gamberro, para despedirse de él.


Ecos, o el hada de las coles

En el diario hablé de un podcast sobre Alice Guy, un proyecto del equipo de diversidad de la empresa para la que trabajo que pretende recordar (o descubrir) la historia de mujeres olvidadas. Tras Ecos se esconden muchas cosas. En primer lugar, que una empresa financiera comparta con sus empleados productos de comunicación que -a priori- nada tienen que ver con su negocio. En segundo lugar, la forma en que se cuenta: una biografía que juega con los tiempos, trae a Alice a 2020 y lleva 2020 a comienzos del siglo pasado, jugando con la figura y con el oyente. Y en tercer lugar, la propia historia de la creadora del cine que cuenta historias, y que sin embargo ha sido excluida del discurso mediático durante décadas. En primer lugar, es evidente que hay una intención en esta comunicación empresarial interna: promover un entorno más favorable a la diversidad de género, para introducir políticas de diversidad de género que permitan hacer realidad eso de que “las empresas inclusivas son más rentables” (Cámara de Comercio de Madrid, ONCE y Fundación ONCE, 2018). En segundo lugar, la narrativa usada en el podcast aprovecha tendencias como el storytelling, el auge del propio formato de audio, y la mezcla de géneros (Bakhtin, en Gayà y Vidal, s.f.) para contar una historia y ofrecer a los oyentes la posibilidad de conocerla mejor gracias a otros formatos, en una narrativa transmedia. En tercer lugar, la forma en que la historia de Alice Guy fue casi olvidada nos invita a preguntarnos sobre los iconos que los medios, la cultura y la propia sociedad han ayudado a consolidar y sobre aquellos que ha preferido desterrar. Y también sobre por qué ahora, afortunadamente, parecemos dispuestos a recuperarlos.


Lo viejo y lo nuevo, o la libreta y el teléfono

Es otro hecho en el que no habría reparado de no haber sido por este diario, pero que me ocurre constantemente. La completa desaparición de lo analógico de nuestras vidas salvo cuando falla lo digital. El hecho de buscar una idea entre documentos de todo tipo para encontrarla escrita en la esquina de una libreta (¿por qué pensé, sobre la marcha, que precisamente esa idea era mejor registrarla en papel?). O el de persistir en probar Google Meet en varios intentos para terminar usando el viejo teléfono. Como ese periodismo que algunos daban por muerto cuando el papel palidecía ante la red, en nuestro día a día a día de smartphone y conexión permanente (Deuze en Gayà y Vidal, s.f.), olvidamos nuestras herramientas primarias. La libreta que no hemos de encender ni cargar, aunque no suba a la nube. La llamada que nos permite conectar. Como ese periodismo que debe recordar sus formas y aprovechar las ventajas de lo digital, quizá nosotros también podamos recordar lo que hacíamos bien en otros ámbitos antes de que Google, Apple, Facebook y Amazon se hicieran un gran hueco en nuestra cotidianeidad.


Vivir en virtual, o la isla

En marzo de 2020, el mundo se asomaba a su mayor pandemia en décadas y buena parte de Occidente hacía realidad un sueño y un miedo: quedarse encerrados en casa. Fiestas, juegos, deportes y eventos quedaban suspendidos en un “volvemos después de la COVID” que nadie sabía cuánto duraría. Aplicaciones de videollamadas hasta entonces desconocidas se convertían en el must-have de todo smartphone. El gigante global del entretenimiento daba las gracias a la Fuerza por estar en pleno lanzamiento de la plataforma de streaming que le ayudaría a evitar el colapso de la industria cinematográfica. Y la nueva entrega de una saga de videojuegos conocida y moderadamente exitosa estaba a punto de cambiar su industria y su compañía (Nintendo, 2020). Animal Crossing es un simulador de vida muy peculiar, que va más allá del realismo propuesto por otros productos, como Los Sims, para introducirnos en un mundo ideal con habitantes antropomórficos. En nuestro pueblo -en el caso de AC: New Horizons, en nuestra isla- hemos de vivir una vida plácida y tranquila: visitando a nuestros vecinos, participando en las celebraciones de la comunidad (ferias, conciertos, concursos de pesca), recolectando frutas y ampliando nuestra casa, para lo que contraeremos jugosas deudas con el terrateniente del lugar. Un mundo virtual que se convirtió en el punto de encuentro de millones de personas (Nintendo, 2020) que no podían salir de casa, pero sí asistir cada sábado al concierto de Totakeke. O visitar las islas de amigos. O celebrar bodas y cumpleaños. Un mundo que representa la propia virtualidad y globalidad del nuestro (Silva en Gayà y Vidal, s.f.), y que lo hace como una extensión de nuestra vida que nos ata a través del juego, de las emociones, y del tiempo (López, 2020). Sobra decir que la entrega es ya la más vendida de su saga y el mejor estreno de la generación.


Pandemia, o la realidad que nos ha tocado vivir

Hay un tema que sobrevuela todo el diario, además de cada una de las historias y reflexiones anteriores: se trata de la pandemia por coronavirus que ha puesto nuestro 2020 patas arriba. Al iniciar esta práctica, pretendía huir de ella. Al concluir el diario, me dí cuenta de que había fracasado, pero aún me resistí a incluirla entre las historias seleccionadas, bajo la convicción de que era posible reflexionar sobre ellas sin necesidad de hablar de COVID. Pero, siendo sinceros, si partimos de que el propio ethos del periodismo contemporáneo es visibilizar y abrir un debate sobre aquello que preocupa a las personas (Gayà y Vidal, s.f.)... ¿Puede una práctica de Periodismo y comunicación digital: Datos y nuevas narrativas obviar tal realidad? Mi respuesta es que difícilmente puede hacerlo. Y por ello, la historia con la que cierro estas reflexiones es la pandemia (lo siento, John Denver). No ya como una historia particular, sino como una historia que está en todas las historias, en todos los relatos mediáticos y periodísticos, en el discurso de esos políticos que apelan a las emociones, de esos medios que persiguen el clic, en el algoritmo que condiciona la información de, estoy seguro, casi todo el público. Una historia que supone, en sí misma, una mini-nueva realidad (Urmeneta, en Gayà y Vidal, s.f.), seguramente efímera, que ha cambiado los discursos y las formas pero que, ante todo, ha puesto de manifiesto la necesidad de un periodismo que dé lo mejor de sí mismo.