No puedes llamar Brócoli a tu gata

Micro-relato escrito para el encuentro literario digital #CampWrite durante los tiempos del coronavirus.
Nunca, jamás, me había planteado casarme en un ascensor. Es más, hace tres meses ni siquiera había pensado en casarme. Cuando llegué con la pequeña Brócoli a esa apartamento desvencijado, estaba decidida a ser una chica moderna, libre. Pero aquí estoy, frente a ella, y a punto de dar el sí quiero. Brócoli, mi gata, se enreda en mi pierna, impaciente. No sé si también espera una respuesta, o si está simplemente hambrienta..

Verás, no sé si es el momen…
¿Por qué no va a ser el momento?
Verás, el mundo se está yendo a la mier...
¡Shhh! Prohibido hablar del apocalipsis.
Pero verás...
Hablemos solo de nosotras. De nuestro presente juntas.
Sí, ya, pero es que verás...

Por que sí, hoy es el día del fin del mundo. El suministro eléctrico se ha cortado hace 6 minutos y 37 segundos, mientras estábamos bajando en el ascensor, y llevo 6 minutos y 28 segundos dando largas a la mujer de mi vida. O de lo que queda de mi vida, que no es mucho. Abajo nos espera una caminata de 15 minutos y, tras ella, el último bus de refugiados. Nadie sabe su destino, pero parece la última esperanza para salvarse. Cada segundo que pasa estamos más lejos de llegar al bus a tiempo y más cerca de morir. Cada segundo ella está más impaciente. Cada segundo Brócoli tiene más hambre. Nunca debí llamarla Brócoli, el nombre del alimento que más odio, pero me pareció gracioso. A mí madre no le gustó, ella prefería un nombre de gato, como Zarpitas. Me pregunto qué pensaría si supiera que su única hija está a punto de casarse en un ascensor. O si hubiera vivido lo suficiente para ver el mundo desmoronarse.

Brócoli está insoportable. Me agacho, rebusco en las maletas la última lata de atún que pude encontrar en el súper. Es del caro, pero vamos a morir, así que prefiero que sea el último capricho de Brócoli. No sé abrirla, nunca he comprado esta marca. La miro a ella, sé lo que espera. Sé que hace 7 minutos y 4 segundos que espera mi respuesta. 7 minutos y 6 segundos deseando que la haga la mujer más feliz de lo que queda de La Tierra. Pero yo, la que nunca termina nada; la que no niega lo evidente, que todo se va al carajo; la que llamó a su gata Brócoli; la que debe romper el silencio; yo, soy la que no solo rompe el silencio, sino también la magia del momento. Soy la que le pregunta, 7 minutos y 25 segundos después:

Cariño, ¿cuáles son las instrucciones para abrir una (maldita) lata de atún?