Carta a uno mismo (casi sin ser uno mismo)

Hola,

Nunca he escrito una carta a través del tiempo. He lanzado mensajes al espejo, al cielo y al infinito, pero jamás he puesto esas voces por escrito para que viajen hacia atrás. Pero aquí estamos.

Preguntaría qué tal, pero lo sé. No muy bien. Bastante desubicado. Esperanzado y triste al mismo tiempo, emociones que nunca han sido incompatibles en nosotros. Hay veces en las que miro atrás, a lo que sentí, a lo que sientes, y desde mi adultocentrismo tiendo a quitar peso a todas esas cosas. A veces reduzco las emociones a heridas de una infancia extraña y casi-feliz, a arrebatos de una adolescencia un poco más rara que cualquier otra, a efectos colaterales de haber nacido en el lugar -y quizá en el momento- equivocado. Por eso quiero empezar esta carta pidiéndote perdón. Por esa falta de empatía hacia el pasado que sufre lo mucho de ti que aún queda en mí.

Dicho esto, y conociéndote como te conozco, sé que ahora mis siguientes palabras no te sonarán a burla, a mentira, a mera compasión. Porque lo que te digo ahora es, a una vez, lo que más deseas y lo que más temes escuchar: que vas a salir adelante. Que no hay armarios, pueblos, cabezas ni límites que te vayan a detener para siempre, aunque te paren durante un tiempo. Que no hagas mucho caso a los espejos, ni a los de cristal ni a los de palabras. Que te levantes y camines, aunque no puedas volar como siempre soñaste. Pero, lo más importante, que si no puedes hacer nada de esto, que si te sientes detenido, que si haces caso a los espejos, que si no te levantas… no pasa nada. Porque el pavor en el encierro no necesita la culpa de no salir, porque la herida de la caída no necesita la sal de no levantarse.

Así que calma, respira, tranquilo. Aprovecha los momentos, los felices y los tristes, incluso los que no sepas cómo aprovechar. El mero hecho de vivirlos es suficiente. Enfréntate a tus miedos cuando estés preparado, sé que los superarás, pero a veces hay tanta valentía en la espada como en el escudo. Y, ante todo, quiérete, tanto cuando te ames como cuando te odies, nunca te niegues la caricia y el consuelo de después.

Y gracias, gracias por haber estado ahí y por llegar hasta aquí. Recuerda, todo cambia, todo crece, todo mejora.


Carta escrita para el encuentro literario digital #CampWrite en tiempos del coronavirus.