España

Durante los últimos meses y, concretamente en estas semanas, estoy pensando mucho en política. Sin demasiada sorpresa, veo como mis ideas han cambiado mucho a lo largo de los años. Y, una de esas ideas, es la de nuestro país. Sin duda, lleva meses protagonizando la política nacional, y se ha convertido en la reina indiscutible de estas elecciones: desde aquellos que piden que pase -que ocurra, que suceda- la España moderna que quieren unos, hasta aquellos que prometen defender "la de siempre" con armas y a caballo. Y es entonces, en esta jornada de reflexión, cuando me pregunto... ¿y qué es para mí España?

España es Historia. Es Tartessos, es el sinfín de tribus celtíberas, es imperio romano y reinos visigodos, es Al-Andalus, es Castilla, León y Aragón, es el pequeño y bello Reino de Granada, es el imperio que llegó a América, el país con complejo de segundón que conquistó Napoleón, es sus dos repúblicas y es sus dictaduras, la transición que unió a viejos enemigos, el milagro económico y la crisis inhumana. Es la segunda lengua materna en el mundo, es también sus 3 lenguas cooficiales, el práctico catalán, el calmado gallego y el viejo euskera; es cada lengua, cada habla, cada acento y cada deje, es cada raíz latina, cada al- árabe y cada selfi que tuiteas. Es cada plato de cocido, cada grano de arroz y cada gota de vino y aceite, pero es también cada plato impreparable de alta cocina. Es una procesión a las 3 de la mañana y es el islam más moderno de su época, es la convivencia entre las 3 religiones judeocristianas y es ese centro budista de Las Alpujarras. Es la nieve de los Pirineos, la costa dorada del mediterráneo, la Mancha quijotesca y las olas del Atlántico. Es el vagón de metro con una decena de nacionalidades y el mapa con 50 millones de personas tan diferentes. Es el flamenco del tablao de siempre, el videoclip de Rosalía, la canción de Nino Bravo y el 'Uy, m'equivocao' de Rosa en Operación Triunfo. Es el Guadalquivir que se pierde en Doñana y el Teide que corona sus islas. Es el cine de Almodóvar, el perro de Buñuel y la serie que Netflix está llevando al resto del mundo. Es un verso de Lorca, un libro de Cela y una reflexión de Gabilondo, o de Pedro J. Ramírez, me da igual. Es la ciencia en un laboratorio de Madrid y la consulta rural de un pueblo de Asturias, la científica que investiga la leucemia con poca fnanciación en la sanidad pública y el doctor que sabe que a Manuel siempre le sientan mal estas pastillas. Es la fregona, y es el Nobel de Severo Ochoa. Es la Alhambra y la Sagrada Familia, las viejas calzadas romanas y las desafiantes Cuatro Torres. Es que yo pueda casarme libremente con un chico y tú creas en la Iglesia católica. Que a ti te parezca mal lo que hago y yo no entienda lo que tú haces, pero que tengamos la libertad para hacerlo y el corazón para dejar pasar esa diferencia. Es la bandera que mi padre cuelga del balcón en los mundiales, el himno que llevas de tono en el móvil, la pulsera republicana de tu primo, la del orgullo de tu prima y la del aguilucho del tío Cristobal y la estelada de la tía Eva, aunque nos pesen, y es eso, pero no solo eso. Es la gente que ha rehecho el camino de sus padres y abuelos para buscar un futuro, el currito del bar del que no te vas aunque baje la persiana y sí, también la gran empresa que podría mirar más por sus empleados, pero que te ofrece el último servicio y les paga a ellos un sueldo. Es las historias de la guerra que me contaba mi abuelo, y las que te contaba el tuyo, que la vivió desde el otro bando. Es cosas que me gustan y cosas que no soporto... Eso, y mucho más, es España.

Por eso no quiero que prevalezca una visión, la de una España cerrada, que aún se lame las heridas por lo que perdió, que busca culpables, que dice quién o qué es ser buen español. Que mira atrás y quiere ir atrás, que me dice a quien tengo derecho a amar, lo que llevas en el vientre y lo que tenemos que sentir al ver unos colores. Porque no quiero una España que odie y que enfrente a españoles con migrantes, a ciudadanos con ciudadanos, a personas con personas. Porque no quiero una España que ignore nuestra responsabilidad con La Tierra, con su vida y con la humanidad misma. Porque no quiero que mi España sea solo mi España, que nos perdamos lo que podemos aprender del mundo y el mundo se pierda lo que tenemos que enseñarles. Porque no quiero una España que construya muros cuando nuestros problemas y nuestros caminos son más globales que nunca. Porque quiero ser libre. Porque mi amor no mata. Porque tus derechos no hieren. Porque la vida es ya suficientemente difícil para sufrir por cómo y dónde hemos nacido, más aún cuando somos privilegiados de nacimiento.

Por todo eso, ahora sé mejor que nunca qué es, para mí, España. Y quizá han tenido que salir banderas, rojigualdas, señeras y esteladas, todas ellas cargadas de mensajes vacíos y de miedo al otro, para hacerme comprender la enorme suerte de haber nacido y crecido en este momento y en este país. Y para hacerme comprender que, como ser humano, mi obligación es compartir esa suerte con los que no la tienen o con los que aún no han nacido, y luchar porque quede algo que compartir con ellos.