Ver dragones o mi aventura en Breath of the wild

Llueve. Miro al horizonte desde la torre más alta de un viejo templo casi derruido. Quiero ver dragones, pero me conformo con las suaves notas de piano que flotan en el aire. Mi entrenamiento ha terminado, llegó el momento de comenzar la mayor de las aventuras. Éste es el Hyrule de The Legend of Zelda: Breath of the Wild. Esta fue mi primera gran experiencia con un videojuego que ha trascendido las fronteras entre la pantalla y la realidad. Esta es mi pequeña historia con un clásico moderno.


Marzo fue un mes curioso. Me sobraba el tiempo, y a la vez se me escapaban los días. Había muchas cosas que quería hacer, pero pocas que realmente me apetecieran. En este contexto, llegó a mí el pasaje para una aventura cuyos episodios pasados conocía, pero no en profundidad. Llegó en forma de cartucho, poco más grande que una tarjeta SD, y en forma de una extraña tablet a la que acoplas dos mandos minúsculos.

El mundo que se abría ante mí parecía enorme, y los caminos a seguir eran mucho más numerosos que las veredas que conectaban un lugar con otro. Dar un paso sin distraerme y acabar muy lejos de mi destino parecía imposible, incluso aquellos días en los que decidía avanzar un poco en la historia que, se supone, debía vivir.

Mi viaje no estaba exento de peligros. Un enemigo por aquí, otro por allá. Uno en aquella cueva, y otro esperándome en la cima de la montaña. Una gran bestia que debía parar para salvar a cierta especie, y otra que acababa conmigo antes de que pudiera acercarme a ella. Y, entre bestia y bestia, un atardecer junto a un lago, una noche a la fogata de una posada, una tormenta en el momento más inoportuno.

Pese al clima, los enemigos y las distracciones, proseguí mi camino. Viví historias apasionantes y otras que no lo fueron tanto, pero, finalmente, llegué al punto y final de la historia. El momento en el que todo el esfuerzo y la experiencia cristalizaban en una batalla épica que, reconozcámoslo, no fue tan difícil. Llegaba el final de una aventura.

Hoy, semanas, meses después, The Legend of Zelda: Breath of the Wild es uno de mis videojuegos -y, en general, de mis obras culturales- favoritos de todos los tiempos. Lo es por su elegancia, lo es por su mundo, lo es por todo aquello que propone pero, ante todo, lo es por las experiencias que me ha hecho vivir. Por esa lluvia caprichosa. Por esas notas de piano. Por esos dragones que, finalmente, volaron sobre mí.

Imagen: Zelda Dungeon