Carta de amor y odio

Hoy es un día como otro cualquiera para recordarme a mí mismo lo que siento por ti. Porque tú… tú ya lo sabes, mejor de lo que crees saberlo. Este es un momento como otro cualquiera para atreverme a mirar más allá de los miedos, para sobrepasarlos con ímpetu y con cierta filosofía. Este día, este momento, este ahora, es el instante preciso.

Durante muchos años sentí el vacío de vivir sin ti, y la gloriosa pena de vivir odiándote. Mis ojos se cruzaban con los tuyos y ambos sentíamos tanto desprecio como dolor. Nuestras palabras se enfrentaban pocas veces, y jamás iban vestidas con sus galas más amables. Golpeaba mi rostro frente al espejo por ser incapaz de golpear el tuyo. No hagas como que te escandalizas… sé que tú hacías lo mismo.

Desde pequeños, hemos vivido el uno frente al otro. En el día a día, eras la sombra que tanto temía y el reflejo que aborrecía con toda mi alma. Eras la persona que jamás quise ser, en la que temía convertirme; o incluso aquella en la que ya me había convertido. Compartíamos el camino al colegio, al instituto, al catecismo, a la plaza, a la tienda de golosinas. Tu presencia bastaba para hacerme sentir tan mal, tan débil… que tu aura era en mi vida como un arma de destrucción masiva.

Te odio, te odio, te odio. Cuantas veces te lo dije sin decir, con los labios entrecerrados y apretando los puños. Nadie me comprendía, ni padres, ni maestros, ni esos pocos amigos de cuya escasez te culpaba. Pasaba de psicólogo en psicólogo sin que ser viviente alguno me dijera que odiarte era normal, que suponía un acto de justicia, como siempre lo vi yo. Terapias, test y pruebas que me hacían sentir estúpido. Mil conversaciones con personas que no conocía, sobre la persona que, simplemente, no quería haber conocido. Mil charlas sobre ti, y sobre el efecto que tú tenías en mí.

Perdí una infancia, una adolescencia entera por odiarte y verte cada día. Hice las maletas y dejé escapar el tren varias veces. Finalmente, huí. Pero tú, dichosamente tú, también estabas aquí. Primero, en las nuevas personas que conocía, en las relaciones que intentaba entablar con menos éxitos que fracasos. Estabas en cada golpe que me daba la vida, en la magia negra que me consumía, haciéndome víctima de la más sutil y cruel maldición. Estabas en todo, hasta que viniste, y entonces estabas aquí, en tu presencia, mirándome sin inmutarte.
Los intentos de rehacer mi vida se antojaban imposibles, y siempre pensé que disfrutabas con ello. Hice las maletas de nuevo, dispuesto a partir, y cogí un tren. Olvidé el billete en aquella cajita, la que guardaba junto a la ventana que usaba para mirarte y odiarte más, y más, y más. Cogí otro tren, y el destino estuvo cerca. Llegué a sentir el frío cuando el revisor anunciaba nuestra parada final, se me congeló el aliento al pensar que no volvería a verte, que por fin sería libre. Pero fracasé, y tus finos brazos me ataron a aquella vida. Cuando partía el último expreso a mi amarga libertad, fue tu mano la que me detuvo.

Tu piel siempre ha sido tan clara, tan suave y tan dulce… tanto que siempre pensé que los monstruos debían tener aquella piel, que los cuentos infantiles sobre bestias peludas y escamosas mentían. Porque el monstruo de mi vida estaba siempre ahí, junto a mí. Con sus grandes ojos castaños, su cabello revuelto, sus dientes alineados y sus pestañas interminables. Tú eras y fuiste siempre mi imagen del mal, de lo evitable por dañino pero que, sin embargo, no podía evitar. Aquella noche fue tu mano la que me detuvo. Tu mano blanca, grande, y unida a tus brazos por una muñeca tan fina como ahogada en dolor… Porque sentí tu dolor, y aquello me conmovió. Y me alejé de ti para pensar, para reflexionar, para saberlo todo.

Han pasado doce meses. Cincuenta y dos semanas. Unos trescientos sesenta y cinco días. Y hoy, bueno, hoy puedo recordarnos la conclusión a la que llegué tras reflexionar sin dormir, tras pensar sin comer, después de tanto tiempo que ahora parece tan poco. Hoy puedo recordar que te amo. Que siempre te he amado. Que aún me cuesta aceptarte, que aún me ciego por el odio, que aún me pierdo en el miedo… pero que te amo, y por ti me levanto cada día. Que te amo, y por ti supero cada obstáculo. Que te amo, y por tu risa pierdo todas mis vergüenzas.

Intenté escapar de ti sin saber que tú estabas conmigo, dentro de mí, en mi propia esencia. Que yo soy tú y mí es ti… que mi vida es tu vida de la forma más literal y bonita que nadie pueda imaginar. Gracias por tu paciencia, por darme la mano… y por creer en mi promesa. La promesa de que, muy pronto, conseguiré que tú también me ames. Te doy mi palabra, nuestra palabra.